
Un libro ahonda en sus adolescencias
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Un libro ahonda en sus adolescencias
Viernes, 04 de Abril 2025, 10:18h
Tiempo de lectura: 8 min
El mundo no tembló el 6 de julio de 1957, pero en un jardín inglés de un suburbio al sur de Liverpool tuvo lugar una sacudida de hondas consecuencias para la cultura popular. Fue el día en que Paul McCartney y John Lennon entrelazaron sus vidas. Y fue amor a primera vista.
Paul acababa de cumplir 15 años y nunca había frecuentado aquel barrio elegante y remilgado, pero un compañero de clase lo animó a ir juntos a una fiesta. «Habrá chicas y, además, tengo un amigo a quien te gustará conocer o, al menos, verlo tocar con su grupo». Fue suficiente para convencer al adolescente McCartney.
Paul no pudo apartar los ojos del joven sobre el escenario: su camisa a cuadros abierta con el cuello alzado, su tupé, su voz áspera, potente y su entrega al interpretar temas que él se sabía de memoria. Admiró su estilo a la guitarra y hasta sus errores con las letras de clásicos como Be-Bop-a-Lula o Rock island line. John, además de ser dos años mayor –un abismo a esas edades–, era un icono rockero local. Las chicas lo admiraban y los chicos lo temían. McCartney debería esforzarse para unirse a su grupo. Contaba, eso sí, con un gran aliado: el rock and roll.
Para entonces, Paul ya seleccionaba a sus amistades por afinidad musical. Había empezado a tocar el piano a los 10 años y, tras esquivar el deseo de sus padres de ingresar en el coro de la catedral de Liverpool –hizo mal la audición aposta–, se compró una guitarra, convertida al instante en el centro de su existencia.
Tras el concierto de los Quarrymen, el amigo de Paul hizo las presentaciones. Los futuros Beatles conversaron, cómo no, sobre música. Hasta que Paul le pidió a John la guitarra y se lanzó a una interpretación incendiaria de Twenty flight rock, de Eddie Cochran. Se sentó seguido al piano y arremetió con Long tall Sally, de Little Richard, cuyos alaridos Paul imitó con vehemencia. John quedó impactado: tocaba de maravilla y tenía imagen y carisma. «Parecía Elvis. Me gustó. Ese fue el día que conocí a Paul –certificaría Lennon–, el día que todo empezó».
Tardó, sin embargo, dos meses en ficharlo. Le inquietaba que fuera tan echado pa'lante; parecía no temerle a nada, ¡y The Quarrymen era su banda! Él hacía y deshacía. «Yo era el líder y pensé: '¿Y si me lleva la contraria?'». Al final –resquicios de su afán autoritario– no se lo ofreció en persona; envió al percusionista del grupo, Peter Shotton. Tras fingir que se lo pensaba, Paul aceptó.
McCartney y Lennon ignoraban que, junto con la música, la 'alergia' al estudio y la desconfianza hacia la autoridad, ambos compartían algo más. Paul había perdido a su madre, Mary, ocho meses antes. Semiabandonado de niño, Lennon mantenía una relación complicada con la suya, Julia. Cuando esta murió atropellada un año más tarde, John supo que Paul entendía su apatía, sus ganas de borrachera, sus comentarios mordaces, rabiosos, heridos... «Sabíamos lo que le había pasado al otro –contaría Paul–, pero en la adolescencia no te permites sentirte devastado; simplemente, lo ignoras. Yo formé corazas que aún mantengo. John también lo hizo». Pero ese silencio, lejos de alejarlos, cuenta el escritor británico Ian Leslie en su nuevo libro, John and Paul: a love story in songs, sentó las bases de su vínculo.
A falta de confidencias emocionales, Paul y John se conocieron creando canciones. El trauma compartido los conectó de forma tan sutil como profunda; un metafórico cable unió sus almas y, a través de la composición, se comunicaron entre sí, consigo mismos y, a partir de ahí, con el resto del mundo. Con sus canciones, aunque no fuera una estrategia consciente, expresaron sus sentimientos. Y a sus madres les dedicaron unas cuantas: Julia, Mother, My mummy's dead, Let it be, I lost my little girl...
La de Paul, Mary Mohin, de ascendencia irlandesa, se crio en la pobreza y perdió a su madre durante un parto, cuando tenía 9 años. Criada entre hermanastros con los que no se llevaba bien, Mary desarrolló una férrea autosuficiencia que la llevó a estudiar Enfermería y especializarse en obstetricia. A los 32 años se casó con Jim McCartney, hermano mayor de una amiga suya; vendía algodón, hacía de manitas y tocaba en una banda de jazz. Catorce meses después nació James Paul McCartney; año y medio más tarde, su hermano Peter Michael.
Mary era cariñosa, generosa con los abrazos y los besos, pero estricta en el vestir, la limpieza y los modales. Paul la admiraba, veía cómo trabajaba y era su refugio cuando se sentía ansioso. En aquel hogar reinaba la armonía, amenizada con música y mucho amor. Hasta que todo saltó por los aires.
Paul tenía casi 14 años cuando Mary sintió un dolor en el pecho. Un oncólogo le recomendó una cirugía inmediata, pero ya era tarde. Falleció en menos de un mes, a los 47. Paul y su hermano apenas se enteraron hasta que ingresó en el hospital. Y no les dejaron verla. Aquello marcó la vida de Paul. «Lo peor fue que todos en casa eran muy estoicos –revelaría–, así que nadie habló del tema». Reprimido su dolor en público, el joven McCartney se propuso evitar que los demás percibieran su vulnerabilidad. En los días posteriores a la pérdida rezó. «'Si la traes de vuelta, seré muy bueno para siempre'. Pero no funcionó –contaría–. Pensé: 'Esto demuestra lo estúpida que es la religión'». Ocho meses después conoció a John Lennon.
Venía este de una infancia turbulenta. Cuando nació, su padre –Alf Lennon, bebedor y marino mercante– estaba en alta mar y no regresó hasta año y medio después. Para entonces, su madre, Julia Stanley, decidida a disfrutar de su juventud, se había puesto a trabajar de camarera y estaba embarazada de un soldado (dio al bebé en adopción). Alf volvió a la mar y Julia cambió al recluta por un vendedor ambulante, con el que viviría junto con John en un apartamento con una sola cama. Mimi, la mayor de las cinco Stanley y niñera de John a tiempo más que parcial, decidió actuar. Informó al ayuntamiento –«el niño no estaba recibiendo los cuidados adecuados»– y se convirtió en su tutora.
A su padre, John solo lo vería una vez más antes de hacerse adulto. En su siguiente visita, tras otra campaña en el mar, se lo llevó unos días sin avisar adónde iban. Cuando Julia, de nuevo embarazada, los localizó, Alf preguntó a su hijo con quién quería quedarse. «Papá», respondió, aunque al ver el desconsuelo de su madre cambió de opinión y Alf desapareció de sus vidas. De vuelta en Liverpool, sin embargo, Julia dejó a su hijo de nuevo con su hermana. El desconcierto y la traición que John sintió hacia su madre lo acompañaron toda su vida.
Con sus tíos, John cantó en el coro de la iglesia local y leyó novelas, poesía y biografías de forma voraz para comentarlas con Mimi, una mujer estricta y esnob. Julia vivía a pocos kilómetros, pero John creyó buena parte de su infancia que su madre se había mudado lejos. Y no sabía por qué. Con la pubertad, las chicas y el rock irrumpieron en su vida, provocando sus notas agrias discusiones con Mimi. Le invadió, además, la necesidad de dominar a los demás. «Quería que todos hicieran lo que yo decía, se rieran de mis chistes y me dejaran ser el jefe». Lo consiguió al formar The Quarrymen.
La adolescencia trajo un inesperado acercamiento a su madre. Hacía pellas para ir a su casa, a espaldas de su tía, y le desconcertaba que su madre no se comportara como tal. John deseaba que lo hiciera, porque no sabía bien si Julia actuaba como madre, tía, hermana mayor o quizá algo más. En un audiodiario de 1979, Lennon admitió una atracción sexual. «Cuando le puse la mano en la teta, tenía unos 14 años. Estábamos en la cama y pensaba: '¿Debería hacer algo más?'. Siempre pienso: 'Debería haberlo hecho'». En esto, por cierto, tuvo afinidad con Paul: «Por la noche –contaría este– había un momento en que mi madre pasaba ante nuestra habitación en ropa interior... y me excitaba».
Impulsos adolescentes al margen, la música (de nuevo) cimentó una nueva relación entre madre e hijo. Julia adoraba el pop, a Elvis y a Doris Day, enseñó a John a tocar el banjo, le compró una guitarra y lo introdujo al folk, y cantaban juntos. El día en que Lennon tocó por primera vez ante McCartney en Woolton, Julia y Mimi estaban allí. Orgullosa la madre, la tía le dijo a modo de reproche: «Por fin lo has logrado, John. Ya eres un verdadero teddy boy» ('pandillero' en la Inglaterra de los cincuenta). John conocía bien a su tía como para molestarse (siguió unido a ella hasta que fue asesinado en 1980). Lo importante para él era compartir aquel momento con las dos grandes personas de su vida. Contrapuestas, eso sí: el trabajo duro y la disciplina de Mimi frente a la libertad y expresividad de Julia; herencia de la que creó su propia síntesis. Pocos minutos después entró en juego la tercera: un tal Paul McCartney.