
Geli murió de un disparo
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Geli murió de un disparo
Viernes, 04 de Abril 2025, 10:24h
Tiempo de lectura: 8 min
Le gustaban jovencitas, igual que a su padre. Las preferían casi niñas «para poder dominarlas», explica Ian Kershaw, biógrafo de Adolf Hitler. El político nazi solo las quería como un adorno para mejorar su imagen, aunque sin emoción ni compromiso. Pero hubo una mujer que lo encandiló. Como ninguna otra. Que lo obsesionó hasta quitarle el sueño. Su relación con ella, el gran amor de su vida, acabó en tragedia.
La chica era su sobrina Geli Raubal, la hija de Angela, su hermana por parte de padre, a la que conoció en 1925, hace cien años. Con Geli, 19 años más joven que él, «Hitler por primera y única vez en su vida (si prescindimos de su madre) pasó a depender emotivamente de una mujer […]. Su relación con Geli fue más intensa que con nadie», afirma Ian Kershaw. «Fue su único gran amor, lleno de instintos reprimidos, de arrebatos, de sentimiento trágico», según Joachim Fest, autor de Hitler, una biografía.
Cuando tenía 21 años, Geli se mudó a vivir con su tío a su lujoso piso de Múnich para continuar con sus estudios de canto. Era 1929. El Partido Nazi tenía entonces representación parlamentaria minoritaria, pero ya los matones de las SA (los temibles 'camisas pardas') apaleaban a opositores y amedrentaban con su violencia. El romance con Geli coincidió con el avance del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, que pasó de 12 escaños en las elecciones de 1928 a 107 en las de 1930.
Hitler estaba en plena época de efusión propagandística cuando comenzó a hacer algo inusitado, llevaba a Geli con él a todas partes: al teatro, a conciertos, a restaurantes... incluso a comprar ropa. «Hitler le permitía ser el centro de atracción, algo que no había hecho con nadie», resalta Ian Kershaw. Algo que no hizo con ninguna otra mujer.
Geli no era un bellezón, pero era atractiva y simpática, irradiaba algo especial. Alegraba las reuniones del café Heck, donde Hitler reinaba rodeado siempre de compañía masculina. «Es imposible saber seguro si su relación con Geli era o no explícitamente sexual, pero tiene todos los rasgos de una dependencia sexual fuerte, por lo menos latente» opina Kershaw. Se refiere a Hitler. Porque a ella le interesaba de su 'tío Alf' «su éxito, su fama, su dinero y su escalada hacia el poder. Y quizá –sugiere Rosa Montero, autora de Dictadoras (Lumen)– deseaba que la relación se oficializase».
Eso no entraba en los planes de él, aunque sí reconoció (y es algo insólito) que la quería. Se lo confesó a su amigo el fotógrafo Heinrich Hoffmann: «Amo a Geli y podría casarme con ella; pero, como bien sabe usted, estoy dispuesto a permanecer soltero». Y a continuación hace una confesión hipócrita: «Debo cuidar de ella para que no caiga en manos de cualquier desaprensivo». Presumía de su celibato por la patria (que era una estrategia estudiada) y camuflaba como protección lo que era control egoísta. La quería solo para él.
Geli se cansó de la intensidad del 'tío Alf'. Era joven, quería divertirse. Y le encantaba coquetear. Algo que Hitler no podía soportar. Cuando descubrió que Geli y su chófer Emil Maurice mantenían una relación, se puso tan furioso que el chófer pensó que le iba a pegar un tiro.
A partir de entonces, a Geli la acompañaba siempre Frau Bruckmann, una princesa rumana de públicas simpatías nazis. «La posesividad celosa de Hitler adquirió proporciones patológicas», dice Kershaw. Además, Hitler le impuso hora de llegada a casa y controlaba sus pasos. Geli se convirtió «en su prisionera» según Robert Payne, autor de Vida y muerte de Adolf Hitler.
Ella se rebeló. Se dice que proclamaba: «Mi tío es un monstruo» y «nadie puede imaginar lo que exige de mí», una frase que puede sugerir indeseadas prácticas sexuales. La chica quiso escapar de tan asfixiante control y planeó mudarse a Viena. Falta información contrastada, pero el periódico socialista Münchener Post publicó que, cuando Hitler se enteró de que ella se iba a marchar, la bronca fue descomunal. Aquella pelea sucedió el 18 de septiembre de 1931. Ese día por la tarde Hitler viajó a Núremberg.
El 19 de septiembre por la mañana encontraron a Geli muerta en el piso de Múnich. Tenía una bala en el pecho disparada con una Walther 635 de pequeño calibre, la pistola de Hitler. Geli tenía 23 años.
El escándalo fue inmenso. Se desataron rumores de maltrato, de perversiones sexuales, de asesinato… Se dijo que existían unas cartas de Hitler a Geli muy procaces, con dibujos pornográficos. Pero no se ha probado. ¿La mató él? No: estaba en Núremberg. ¿Se lo encargó a un sicario? Tampoco: sería raro que el asesino utilizara el arma y el piso de quien le encargó el trabajo.
Los enemigos del político nazi lanzaron versiones acusatorias, mientras que su partido argumentaba endebles teorías defensoras: dijeron que Geli se disparó sin querer mientras limpiaba la pistola.
Y Hitler enloqueció de dolor. Cuenta Kershaw que en un primer momento se puso histérico y después cayó en una profunda depresión: «Padeció una crisis nerviosa. Hablaba de dejar la política y de acabar con todo. Se temió que pudiese suicidarse».
Pero su infinita egolatría vino en su auxilio. Según Hans Frank (gobernador nazi de la Polonia ocupada), lo que le sacaba de quicio a Hitler fueron el escándalo y la campaña de prensa en su contra. Se refugió en casa de su editor y llamó a sus abogados para que bloquearan los ataques de los diarios. Unos días después del funeral visitó la tumba de Geli en el Cementerio Central de Viena y dio por terminado el asunto. Se libró de golpe de la pena y la desesperación. Y retomó su furia desgañitándose en los mítines.
Las relaciones de Hitler con las mujeres fueron extrañas. Las menospreciaba, sostenía que estaban incapacitadas para usar el intelecto; le parecían adornos de los que no te puedes fiar: «Saben dar un beso a una amiga hundiéndoles al mismo tiempo en el corazón un estilete bien afilado», dijo. Son traidoras, hipócritas, poco capaces. Opinaba así a pesar del trato que recibió de ellas: las primeras mujeres de su vida –su madre, su hermana Angela y su tía Johanna Pölzl– fueron cariñosas, protectoras y buenas con él. Su madre lo sobreprotegió y mimó, asustada porque se le habían muerto tres hijos pequeños. Su tía le dio dinero cuando no tenía apenas recursos y su hermana fue su fiel ama de llaves en su residencia alpina de Berghof.
No fue mujeriego, pero en su camino hacia el poder le gustaba rodearse de chicas guapas y jóvenes. A veces coqueteaba con ellas, pero sin ir a más. «Las mujeres eran para él un adorno en un mundo de hombres», apunta Kershaw. Se ha insinuado incluso que era homosexual.
Si lo acompañaban, ellas debían ver, oír y callar. Así fue con todas, excepto con Geli. Ni siquiera Eva Braun, con la que empezó a salir solo seis meses después de la muerte de su sobrina, le importaba demasiado. «Era solo una cosita atractiva para él –dijo su amigo Hoffmann–. Le daba tranquilidad y reposo». Y ya.
No salió con muchas. Antes de Geli tuvo un breve coqueteo con Mimi Reiter (cuando él tenía 37 años y ella, 16). Para Hitler fue un entretenimiento; para ella, una manera de arrimarse a alguien poderoso. Hay cartas con Mimi. «Mi buena niña querida», le escribe él en 1927. Y se despide: «tu Wolf» ('tu lobo'). También se cree que tuvo algo con Henrietta Hoffmann (hija de su amigo el fotógrafo) o con Winnifred, la nuera de Richard Wagner.
Otra paradoja en el comporta-miento de este gran megalómano es que las despreciaba, pero pensaba en ellas cuando pronunciaba sus exaltados discursos. «¿Qué espera una mujer de un hombre? Claridad, decisión, fuerza y acción, igual que las masas», dijo. Sostenía que las mujeres eran importantes en los auditorios porque ellas toman la iniciativa, llevan a los hijos y después la familia arrastra al padre.
A ellas Hitler les gustaba. Recibió 150.000 cartas de amor con todo tipo de ofrecimientos. En el libro En el jardín de las bestias, Erik Larson muestra la explicación de Martha Dodd, hija del embajador de Estados Unidos en Berlín, sobre el magnetismo que Hitler emanaba en persona: el bigote no parecía entonces tan ridículo; de hecho, pasaba casi inadvertido; mientras que los ojos «eran intensos, fijos, hipnóticos»; y sus modales, muy suaves, como de un adolescente tímido. «Tenía cierto encanto tranquilo, casi una ternura […], era difícil de creer que fuese uno de los hombres más poderosos de Europa», dijo Martha Dodd, quien más tarde se hizo comunista y fue espía para los soviéticos.
A Dodd le chocó la ternura del hombre que no solo llevó la muerte a millones de desconocidos inocentes, sino que también la irradió a las mujeres con las que se relacionó: Mimi se intentó suicidar, Geli murió muy joven de forma violenta y Eva Braun se mató en su tercer intento.