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Mi hermosa lavandería

Maldito billete

Isabel Coixet

Viernes, 02 de Enero 2026, 09:48h

Tiempo de lectura: 3 min

La lotería es un impuesto voluntario a la esperanza. Sabemos que las probabilidades de ganar el primer premio de la Lotería de Navidad son de una entre cien mil –y eso comprando un décimo entero–, que El Gordo reparte veintidós millones entre una serie completa, pero que tu boleto de veinte euros solo te daría cuatrocientos mil si aciertas. Sabemos que la Primitiva ofrece probabilidades de una entre casi catorce millones. Pero seguimos haciendo cola en las administraciones, guardando el décimo en la cartera, comprobando los números el sábado por la noche. No por estupidez, sino por algo más interesante: porque veinte euros compran lo que el dinero raramente puede adquirir: semanas de anticipación y una ilusión gaseosa. Entre el momento en que guardas el boleto y el sorteo, existes en un estado cuántico donde técnicamente podrías ser millonario. Esa posibilidad, por absurda que sea matemáticamente, reorganiza el mundo.

El billete que iba a liberarla la encadenó a los tribunales. La propina de cinco dólares costó millones en estrés legal y un secuestro

Tonda Lynn Dickerson aprendió que ganar la lotería puede ser peor que no ganarla.

Era 1999. Dickerson trabajaba como camarera en el Grand Palace, un restaurante tipo Waffle House en Grand Bay, Alabama. Un cliente habitual, Edward Seward, le dio un billete de lotería de Florida como propina. Gesto generoso o trampa diferida, según se mire. El billete ganó diez millones de dólares.

Seward demandó inmediatamente, argumentando que habían acordado compartir las ganancias. Dickerson negó cualquier acuerdo. Mientras tanto, sus compañeros de trabajo demandaron colectivamente, insistiendo en que todos compartían propinas y que, por tanto, el premio debía dividirse. Su exmarido la demandó reclamando que el billete se compró durante el matrimonio. La lotería de Florida la demandó por impuestos no pagados.

Y entonces su exmarido, Stacy Martin, decidió que las demandas no eran suficiente presión: la secuestró.

Martin la emboscó, la obligó a subir a su camioneta, condujo erráticamente mientras le exigía que renunciara al dinero. Dickerson logró escapar lanzándose del vehículo en movimiento. Martin fue arrestado, acusado de secuestro, eventualmente condenado. Pero el mensaje había quedado claro: el dinero no solo había atraído a abogados y oportunistas. Había convertido a alguien que una vez durmió junto a ella en un criminal violento.

Cinco demandas simultáneas. Un secuestro. Diez millones de dólares que nadie podía tocar.

El caso Dickerson vs. Seward se convirtió en un laberinto kafkiano de jurisdicciones contradictorias. ¿Era el billete un regalo o un contrato verbal? ¿Se aplicaban las leyes de Alabama o de Florida? ¿Era ingreso personal o propiedad compartida? Los abogados se multiplicaron como bacterias en un cultivo. Los años pasaron.

Dickerson finalmente ganó contra Seward en apelación, pero tuvo que negociar con sus compañeros de trabajo, pagar a su exmarido desde la cárcel, resolver con la lotería. De los diez millones, después de impuestos, honorarios legales y acuerdos, recibió una fracción. Las cifras exactas nunca fueron públicas, pero los expertos estiman que se quedó con menos del veinte por ciento.

Es cruel: el billete que iba a liberarla la encadenó a los tribunales durante años. La propina de cinco dólares costó millones en estrés legal y un secuestro. Edward Seward, el cliente generoso, se reveló como un oportunista con memoria selectiva sobre acuerdos inexistentes. Y el hombre con quien alguna vez compartió vida se transformó en un criminal.

Tonda Lynn Dickerson ya no trabaja en el Grand Palace. Ya no vive en Alabama. Cambió de nombre, se mudó, desapareció. El premio que iba a darle libertad le dio algo diferente: conocimiento amargo sobre la naturaleza humana cuando hay dinero de por medio, y cicatrices por lanzarse de un vehículo en movimiento para salvar su vida.

¿Por qué seguimos jugando? Porque preferimos la fantasía matemáticamente improbable de ganar a la certeza estadísticamente probable de lo que vendrá después.

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