Viernes, 19 de Diciembre 2025, 09:48h
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En la obra La cocina, de Arnold Wesker, el propietario del restaurante donde transcurre la trama, desconcertado por la violencia de uno de los chefs, cuya naturaleza no puede comprender, pregunta a sus trabajadores qué más hay en la vida que trabajo, dinero y comida. Uno de los personajes le recuerda que también existe el amor, a lo que el dueño replica que el amor es también comida.
No puedo ocultar mi estupor cuando un cocinero de postín dice que su cocina es un homenaje a su madre/tía/abuela/bisabuela. Estoy convencida de que esas mujeres nunca recibieron de sus vástagos la menor ayuda al fregar platos o pelar patatas
Como casi todo, por no decir todo, en este mundo, la comida es también un coto en el que las mujeres se llevan la peor parte. No puedo evitar una mueca de estupor cada vez que un cocinero de postín dice que su cocina es un homenaje a su madre/tía/abuela/bisabuela. Porque esas señoras a las que dice rendir homenaje nunca tuvieron la oportunidad de hacer otra cosa que estar metidas en la cocina todo el santo día, mientras que ahora el hijo/nieto/sobrino/bisnieto se forra y recibe estrellas con 'versiones' de las cosas que sus antepasadas no tuvieron más remedio que hacer todos los días de sus vidas para alimentar a sus familias. Estoy absolutamente convencida de que esas mujeres nunca recibieron de sus vástagos la menor ayuda a la hora de recoger la cocina, fregar platos o pelar patatas (con gloriosas excepciones, como las de los hermanos Torres, que me consta que ayudaban).
Eso sí, ahora los menús están llenos de 'tortillas a la manera de la abuela Patro', 'verdinas como las ponía la tía Elvira' o 'torrijas como las de mi madre, la Trini'.
Cuando pensamos en mujeres influyentes en la historia, por defecto nos referimos (con razón) a activistas, escritoras, artistas, líderes y científicas, que son grandes agentes de cambio. Muchos de nosotros nos hemos beneficiado de los avances logrados por Marie Curie, Rosa Parks, Maya Angelou, Virginia Woolf, etc., etc., etc., por nombrar sólo algunas.
Pero en todas esas listas de 'Mujeres más influyentes de la historia' no encontraremos a ninguna cocinera. Quizás esas listas vean la comida como algo menos digno de mención, revolucionario o que cambie la vida. En la cocina, las mujeres eran simplemente ejecutoras de las labores domésticas obligatorias y esperadas y, por lo tanto, no eran particularmente notables como sus homólogos masculinos en las cocinas profesionales: el club de chicos.
Pero las mujeres han estado moldeando la forma en que comemos, cocinamos y pensamos sobre los alimentos durante cientos de años.
Mary Frances Kennedy (M. F. K.) Fisher, autora de más de veinte libros gastronómicos e innumerables artículos, escribió maravillosamente ensayos sobre la vida, el amor, el hambre y el anhelo, utilizando la comida como metáfora que une inextricablemente estos temas. En El yo gastronómico escribe: «Me parece que nuestras tres necesidades básicas –alimentación, seguridad y amor– están tan mezcladas (mezcladas y entrelazadas) que no podemos pensar directamente en una sin las otras. Así que sucede que, cuando escribo sobre el hambre, en realidad estoy escribiendo sobre el amor y la calidez». Supongo que ahí, en esa mezcla de necesidad, cariño y domesticidad, radica esa invisibilidad del trabajo diario femenino que durante siglos no ha sido ni olido por los hombres y que ahora parece su coto privado.
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