Viernes, 26 de Diciembre 2025, 10:15h
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Se ha ido en esta recta final de 2025 y en su despedida nos ha demostrado que, como dice una de sus canciones, El poder del arte, «nada es impensable, nada es imposible», incluso en el país fracturado y peleado consigo mismo en el que vivió y cuya alma supo leer y encarnar. Cuesta imaginar que en algo coincidan quienes a diario se acuchillan ante nuestros ojos, pero en el adiós de Robe Iniesta todos se abonan a su alabanza, desde la izquierda más radical hasta Vox. Lo más grande del asunto es que el poeta de Plasencia logró esta unanimidad sin hacer el menor esfuerzo por agradar a nadie. Al revés: se empeñó en ir por libre y en preservar su soledad, y para ello no temió tocar las narices a todo el mundo. Va a resultar que, en este lugar de banderías, hasta a los banderizos les alivia quien sabe no serlo.
LAS CARTAS DE LOS LECTORES
Casi de la familia
Hola, Robe, era muy joven cuando empecé a escuchar tu música gracias a un conocido de Plasencia. Con el tiempo cambié mi gusto musical hasta que me fui a vivir a Zaragoza en 2001 con la que hoy es mi mujer. Una vez allí, solo y sin familia ni nadie conocido, me agarré fuerte a tu discografía. Era la única manera de estar con alguien de Extremadura que casi podría ser de la familia y sentirme arropado. Hoy, que te has ido, quisiera darte las gracias por tus canciones y tu 'compañía' tantos años; la única pega: apenas he podido verte dos veces, una en Huesca, donde nos pilló una tormenta –y solo tocasteis Pedrá–, y la otra en Zaragoza. Vuela alto, Robe, junto a Gillespie, Zappa, Mercury y Camarón. Hasta siempre.
Luis Ramón Castro Pérez. Zaragoza
El pincho
Ante el abismo existencial, la desazón geopolítica, la banalidad del mal y el incremento sin cuartel de los precios de viandas y viviendas, de nuevo, un año más, el pincho de Navidad. Party a la que están invitados los diferentes actores que oran y laboran en el lugar de las cuarenta horas semanales a cambio de un puñado de sal. Reunión a la que muchos son los llamados, pero pocos los que acuden entusiasmados. Celebración de miradas al techo, y ojos y palillos apuntando a desabrigadas gambas heladas con gabardina, en la que amigos y enemigos íntimos intercambian frases hueras entre risas de conejo y deseos naíf. Como canta Luis Miguel, no debes llorar, ya sabes por qué, Santa Claus llegó a la ciudad.
F. Javier Santos. Santiago de Compostela
En esta red social todos parecen tan interesantes en sus descripciones: utilizan palabras anglosajonas para aportar más calidad y sofisticación a sus puestos de trabajo, añaden todo tipo de títulos, experiencias humanitarias y hasta reflexiones. Me impresiona, pero a la vez me invade un sentimiento instantáneo de agobio: muchos de nosotros, siento, establecemos nuestro valor como personas detrás de todo este escaparate de palabras en inglés, títulos, certificados, cursos… No dudo de la formación y preparación de quienes integran esta red social. Sí de si hemos determinado nuestro valor según los títulos que tenemos, cuanto más raros, extravagantes y profesionales parezcan, mejor. Una persona no puede ser reducida a lo que ha obtenido a lo largo de su vida y cabe en un papel; debe tener en cuenta su valor, sus inquietudes (aquellas que no caben en una descripción electrónica), sus sueños, sus intentos y fallos, no solo sus logros. No estoy diciendo que sea malo, solo que me abruma este intento de describir a una persona en palabras que, aun originales, no podrían nunca describir lo que cada uno alberga en su interior.
Sofía Miranda Dochao. Toledo
LA CARTA DE LA SEMANA
¿'-C' o '-G'?
A punto de mis sesenta y con el mundo en modo terremoto a mi alrededor siento a veces la nostalgia de la despedida ante un algo que se desmorona. Me pasa cuando en la cola del súper un niño pide pagar él solito en la autocaja. Pienso a veces en la abuela Manuela y aquel día de los setenta en que habló por teléfono por primera vez con su hijo a solo cien kilómetros, y me imagino a mis noventa (¡ojalá!) vapuleada por 'sabedioscuál' IA. Acabo de ser abuela. Y tengo una caja fuerte mental en la que reservar para esta niña los tiempos que construyeron a su madre: los juegos de mesa, las tardes cocinando empanadillas, el chocolate y sus churros, las excursiones y el barro de las botas y los dedos. Y el lenguaje que ha inspirado esta carta. Porque cuando quise tomar la dirección de esta sección hasta me sorprendió leer 'bloc' y no 'blog', como si lo de escribir con mano, lápiz y papel también estuviese a punto de pasar a la historia de nuestra vida...
Mónica Otero Bouzada. Vigo
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