Leyenda del Cine
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Leyenda del Cine
Martes, 30 de Diciembre 2025, 15:05h
Tiempo de lectura: 8 min
Nada más llegar al hotel que Francis Ford Coppola posee en el sur de Italia, me lo encuentro en la cocina del establecimiento, vestido con un uniforme verde, cortando verduras. Es sabido que el cineasta, nacido en Detroit hace 86 años, vendió una de sus bodegas para conseguir los 120 millones de dólares que le costó Megalópolis, su última película, y que el fracaso en la taquilla del filme (apenas ingresó 14,3 millones) fue de dimensiones épicas. Desde entonces ha circulado el rumor de que ha tenido que vender varios relojes valiosos y que ha renunciado al arrendamiento de una isla privada para «mantener el barco a flote». Pero ¿convertirse en cocinero? En realidad, solo quería cocinar pollo a la cazadora para sus invitados. Esa noche, nos sirve el guiso a dos amigos suyos cineastas y a mí, acompañado de mucha conversación y una canción de Nöel Coward de fondo. «Algún día te encontraré / luz de luna detrás de ti». No parece un hombre con problemas económicos. «Acabo de recibir buenas noticias», comenta mirando su Apple Watch. No dice nada más, pero deduzco que se trata de su próximo proyecto.
Leyenda viva del cine, Coppola es hospitalario y locuaz. Es fácil entender por qué su equipo lo adora, y trabaja con él una y otra vez como si fueran una familia. Una familia que no lo abandonó cuando, entre los dos primeros Padrinos, rodó con cuatro duros The conversation, cinta profética del Watergate y Palma de Oro en Cannes, y, sobre todo, que lo siguió hasta el infierno con Apocalypse now, el rodaje más duro de la historia. Sus éxitos han sido rotundos; sus quiebras, múltiples. Un tema recurrente en su conversación es explicar cómo eludió tal o cual traba administrativa para hacer una película contra todo pronóstico.
Cuando habla de política, parece un radical de los sesenta. Opina que pronto no habrá países. «No tienen sentido. Veo un mundo sin naciones. Antes de 1914 nadie tenía pasaporte. Somos una familia humana. Es nuestra Tierra». Cree, además, que la renta básica universal –es decir, que el Estado pague a todos los ciudadanos una cantidad fija de dinero de forma periódica sin ninguna condición– acabará siendo una realidad. «No me cabe duda».
Le pregunto por sus seis Oscar. Se encoge de hombros: «No sé dónde están. En una bodega que tuve...». Se sabe que mientras hacía el casting de Apocalypse now, preso de la frustración por no conseguir cerrar el reparto, por las incesantes reescrituras del guion y por la presión financiera y artística, lanzó cuatro de sus estatuillas por la ventana. «Para mí tiene más valor que los jóvenes me digan que hacen cine porque vieron alguna de mis películas», señala en referencia a Edward Berger (Cónclave, Sin novedad en el frente...) y Alfonso Cuarón (Gravity, Roma...).
Coppola puede estar vendiendo una moto, pero cree que Megalópolis acabará siendo rentable. «Pasó lo mismo con Apocalypse now. Estaba endeudado –y los tipos de interés entonces eran del 20 por ciento–; además, tuve que darle el 11,5 por ciento de la recaudación a Marlon Brando. Pensé: 'Nunca recuperaré mi dinero'. Pero 40 años después sigue dando beneficios».
Su hotel, Palazzo Margherita, se encuentra en Bernalda, en la cima de una colina con vistas al mar Jónico. Compró el edificio en 2004. Era irresistible: una joya neoclásica que le recordaba a El gatopardo, el clásico de Lampedusa llevado al cine por Visconti en 1963; solo que, en vez de en Sicilia, el palacio estaba en la localidad de su familia. Los Coppola vivieron en Bernalda durante generaciones, innovando (su abuelo mecánico, Agostino, contribuyó a su electrificación) y casándose entre sí. «Dos veces –ironiza– se necesitó una dispensa papal para que un Coppola pudiera casarse con otro Coppola». Pero esta era la región más pobre de Italia, y, como los Corleone de la ficción, los Coppola emigraron en 1904 y no regresaron.
Francis creció en Nueva York y Los Ángeles. «Desde niños oíamos historias sobre 'Bernalda bella', y teníamos que comer toda esa comida italiana. La odiábamos. ¿Sabes qué son los lampascioni? Bulbos de jacinto fritos. ¿Y las capuzzelle? Media cabeza de cordero. Yo me comía los sesos para ser inteligente».
En 1962, con 22 años, su trabajo lo llevó cerca del antiguo hogar familiar. «Rodaba una película en Dubrovnik, como supervisor de producción, y vi que estaba cerca. Tomé el ferry a Bernalda». No hablaba italiano, pero la gente reconocía su apellido.
«Unos recién casados me acogieron, dormí en la cama con el marido y la mujer en el granero. ¡Imagínate!». Ya en los setenta regresa después de rodar El Padrino, la película que lo puso en el mapa. «Tenía muchos más primos de los que jamás me podía imaginar».
En la conversación abundan las anécdotas cinematográficas. «¿Sabes qué le gustaba a Olivia de Havilland? El champán. Sofia y yo le enviamos una botella cuando cumplió 100 años». «Se puede mejorar la actuación si se trabaja; mira a Kevin Spacey». «Me ofrecieron escribir Cowboy de medianoche (1969), pero era joven, no tenía referencias sobre lo que es un estafador; luego vi la película y me encantó».
Coppola quería el Palazzo Margherita como vivienda, pero sabía que estaría fuera mucho tiempo, así que decidió convertirlo en hotel. Encargó el trabajo al diseñador francés Jacques Grange. «La idea era conservar la pátina del tiempo», dice señalando la mampostería deteriorada del patio.
El bar Cinecittà del hotel es un santuario del cine italiano. «Hice una película en esos estudios de Roma y no me gustó cómo los gestionaban. Había policía por todas partes, era imprescindible tener la bandera italiana… Lo mejor era su bar».
Su hija Sofia se casó aquí con el músico francés Thomas Mars en 2011. «Fue una noche estupenda», en la que se sirvió comida de los restaurantes locales. «¿En qué habitación te alojas?», pregunta. Le describo el techo abovedado, los frescos blancos: «Ah, la de George Lucas. Ahí se alojó cuando vino a la boda de Sofia».
¿Cuándo supo que su hija seguiría sus pasos? «Siempre fue inusual, incluso de pequeña. Vino a mí con 13 o 14 años y me preguntó: '¿Soy solo una diletante? Estudio pintura, pero me encanta la moda, escribir historias, la fotografía...'. Le dije: 'Sofía, haz lo que te apasiona'. En el instituto hicieron una película. La vi y pensé: 'Esta chica es directora'».
Afloran también recuerdos de infancia. Como cuando su padre le enseñó a tocar la tuba para optar a una beca en la Academia Militar de Nueva York. ¿Conoció a Trump, que también estudió allí?, le pregunto. «No, él era más joven, un niño rico, yo era todo lo contrario». Un año después se escapó a Manhattan. «Vendí mi uniforme por 200 dólares. Tenía miedo de volver a casa, así que me quedé, durmiendo en pensiones, gastándome el dinero en mujeres que bailaban contigo por unos pocos dólares». Por suerte, tenía como compañero el libro perfecto para un joven en ese momento: El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger.
Ahora, Coppola acaba de leer Middlemarch, de George Eliot; Kim, de Rudyard Kipling; y una biografía de Herbert Spencer. Quizá sean pistas de que su próxima película se ambientará en Inglaterra. Le fascinó Super-Infinite, de Katherine Rundell, sobre el poeta inglés John Donne. Y está obsesionado con Christopher Marlowe, el gran talento joven del teatro isabelino: «¡Sin él, no habría Shakespeare!».
Le pregunto si el bótox está bien para las actrices. «Eso da miedo. La flor de la juventud es a los 27, pero en cada década las mujeres son hermosas. No hay edad que no sea hermosa. Siempre disfruté invitando a almorzar a señoras de 90 años. Son fascinantes, te cuentan sus vidas». De hecho, menciona con admiración a damas como la socialite Lee Radziwill o a Lady Antonia Fraser («¿Podrías hacer lo que ella hizo? ¿Escaparte con Harold Pinter tras conocerlo en una fiesta?»).
Después del desayuno, me lo encuentro sentado en el deslumbrante jardín del hotel con su portátil y me empieza a hablar de Eleanor, su esposa durante 61 años. «La perdí hace más de un año –dice–. Mi momento favorito con ella era por las mañanas. Toda mi vida tuve alguien con quien conectar, así que ahora… no sé dónde estoy. ¿Puedo?». Me toma la mano. «Aprendí muchísimo con ella. Me habló del arte conceptual, de cómo cualquier cosa puede ser arte; que alguien pelara una patata podía ser arte. Pensé que era la mayor tontería que había oído en mi vida, pero fue interesante, aunque no lo entendiera ni estuviera de acuerdo».
Cree en el matrimonio. «¿Sabes qué espero que sobreviva en el futuro? El matrimonio, que es mucho más que la fidelidad». Y recuerda cómo desarraigaba a Eleanor y a sus tres hijos cada vez que filmaba. «Siempre me llevaba a la familia, sacaba a los niños del colegio; a ellos les encantaba la aventura. Pero Eleanor tenía cosas que hacer. Así que dijo: '¿Qué voy a hacer yo?'. '¿Por qué no haces un documental sobre la película?', le dije, y le compré una cámara portátil». Su documental, el aclamado Hearts of darkness: a filmmaker's Apocalypse, se estrenó en 1991. Y a los 84 años Eleanor hizo su primer largometraje, París puede esperar, con Alec Baldwin y Diane Lane. Ahora se publican las nuevas memorias de Eleanor, Two of me, sobre sus vidas paralelas como artista y esposa y madre. «Quiero a la gente y he vivido una vida de amor», concluye melancólico.