Obituario José Pérez Fernández
En el discurrir de su vida -que ayer mismo dijo de no seguir en vigor para desgracia de los que le querían-, Pepe Pérez se ha llamado al menos de tres maneras: Pepe Pérez, don José y Pérez Fernández. Se le conocía por Pepe Pérez, allá por los años cincuenta, cuando se constituyó y lo constituyeron líder de una juventud católica que, en la época, alcanzó una muy notable preponderancia, con su himno y todo.
Además, era un buen futbolista, lo que ayudó conmucho a esa aureola de ser un tipo que merecía la pena imitar y seguir. Alababa a Dios y, en su tiempo libre, metía goles. En llegando a la edad relativamente adulta, ejerció -a pesar de ser todavía un buen católico- como director de banco, un negocio ni ‘bueno', ni ‘malo', sino todo lo contrario. Tenía mucho mérito, pues entró de botones (de aquellos uniformados, tal como exigían los puntillosos tiempos).
Después, metido ya de lleno en el mundo de la política, se le identificó como el senador Pérez Fernández. Era un socialista de misa frecuente -algo que chocaba a algunos-, y más de corazón o convencimiento que de la habitual sumisión jerárquica.
No participó (o lo hizo sólo tangencialmente) en las ejecutivas que llevaron al Partido Socialista murciano a la situación actual. Era bueno en los mítines, porque liberaba un lenguaje entre culto, convincente y popular, sin llegar a caer en la demagogia. Su última etapa vital fue serena en las formas -con su pelo blanco, la pipa humeante en la boca, de paseo con María Fernanda y cercano a sus hijos-, aunque nunca perdió su predilección beligerante por las gentes menos favorecidas. Socialista y católico convencido, derrochaba sin embargo sentido del humor.
Era un buen conversador y un agudo escribidor de artículos (numerosos los publicó en ‘La Verdad'). Admiraba enormemente a un amigo de la infancia, Paco Siso -por más que no tuviera que ver con el rebaño socialista- y al padre de este, don Francisco, como dos de las personas más inteligentes y centradas que había conocido en su vida.
Tampoco disimulaba su cariño por otro Paco (Martínez Muñoz), jurista y radioaficionado por afición, compadre en la ya lejana residencia ‘José Aguirre'.
Su sentimiento religioso iba depurándose más y más, hasta quedarse en la mera esencia. Se alejó de pompas litúrgicas y centró sus creencias más íntimas en un Cristo solitario, que tenía poco que ver con el gran tinglado que montaron sus seguidores más conspicuos.
Su humanidad era ante todo desbordante, cordial su trato y manifiesta su hombría de bien. Fue, sin duda, un gran tipo, este Pepe Pérez, don José y Pérez Fernández. Eligió para morirse el día de los Santos Ángeles Custodios, en previsión de que ellos mismos lo acarrearán al MásAllá, pues así podría viajar así aún más cómodamente y sin cuidado, por cuidado, que en el mismísimo AVE.