Adiós a una pianista de carácter
Murcia, 7 de agosto de 2020
Obituario Rosa María Agüera
Obcecada, exigente, perfeccionista, tenaz, espíritu dulce y algo ingenuo en un cuerpo frágil de apariencia adusta. Rosa María Agüera ha muerto. Nos dejó el pasado 29 de julio, a los 82 años, tras unos días de penosa enfermedad. Desde aquí la vemos ir, envuelta en esa bruma en la que siempre quiso mantenerse, unos pocos amigos y centenares de alumnos que se adentraron con ella en el mundo difícil y maravilloso del piano, al que dedicó toda su vida.
Nacida en 1938, fue la hija única y algo tardía del gran pianista y compositor murciano José Agüera Ruiz (1893-1960), ganador del Premio de Composición de la Diputación Provincial de Murcia en 1958 y cuya obra, prácticamente desconocida, merece un estudio en profundidad. Fue su padre, profesor del conservatorio murciano y estudioso admirador de los impresionistas en una época de difícil acceso a partituras y grabaciones discográficas, quien 'hizo' a Rosa María como pianista: no solo la enseñó a resolver las innumerables dificultades técnicas del teclado, sino que la adentró en los misterios insondables de la música, generando en ella una devoción por la obra paterna que la acompañaría toda su vida.
Desgraciadamente, José no alcanzó a verla convertida en la catedrática de piano más joven de España, con 23 años recién cumplidos (una cátedra que ocupó hasta su jubilación en 2003).
No fui alumno de Rosa María Agüera y apenas la recuerdo de mis años de estudiante, cuando la figura de catedrática nos inspiraba un respeto reverencial y verla asomar por un pasillo cortaba en seco cualquier conversación. Pero años después sí fui su amigo.
Desde mi primer curso como profesor del conservatorio, fueron muchas las sesiones de asistencia a sus clases, como observador y, por qué no decirlo, como crítico (luego nos reíamos, delante de un café, de nuestras discusiones, que a ella, todo un carácter, solían hacerle poca gracia); como también fueron muchas las largas tardes de conversación junto a su mesa camilla, con el Segura a nuestros pies y la ciudad, soleada o nocturna, como telón de fondo, elaborando programas de estudios, discutiendo detalles de obras de Chopin, Schumann o Albéniz, enzarzados en acaloradas 'broncas' sobre este o aquel criterio estilístico, rediseñando además la distribución de su casa y pasando revista a personas, autores, ideas, o a esos ramalazos de pensamiento esotérico que a mí, de formación científica, me parecían disparatados y que ella sostenía con inusitada seguridad.
Nunca fue, de primeras, persona de trato fácil, pero su aspecto severo revelaba pronto a una mujer sensible que entregó lo mejor de sí misma a sus alumnos, cuyo talento supo reconocer y cuidar, y que representó durante largos años la referencia indiscutible de la enseñanza del piano no solo en la Región de Murcia, sino en todo el Sureste español. Conforme a su deseo, sus cenizas reposan ahora en el Mediterráneo, que ella tanto quiso. Adiós para siempre a una pianista de carácter. Descanse en paz.