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Un hombre de palabra

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En el verano de 1954, la República Federal Alemana derrotó a Hungría en la final de la Copa del Mundo de fútbol que se jugó en Suiza. A ese partido se le denominaría 'el milagro de Berna', porque solo habían transcurrido nueve años desde el final de la Segunda Guerra Mundial y aquel primer triunfo deportivo internacional de los germanos contribuyó al despegue definitivo de su economía, aumentando la autoestima entre los derrotados.

Por aquellas fechas, dos jóvenes hermanos suizos arribaron a la provincia de Murcia, dispuestos a comerse el mundo. Uno de ellos, Kurt Erwin Groetsch, había nacido en el cantón de Berna a finales de la década de los años veinte del pasado siglo. Los dos recalaron en Alguazas, una pequeña localidad cercana a la capital, ubicada entre dos ríos, donde por aquellos años llegaron a funcionar simultáneamente hasta media docena de fábricas de conservas. Se presentaron a los hermanos Serna, Francisco y Antonio, potentes industriales conserveros de la época, a cuyo equipo de agentes de ventas se incorporaron de forma inmediata.

El impetuoso Kurt apostó por quedarse en nuestro país y pronto se abriría camino en el pujante mundo de la exportación. Su dominio en los idiomas le dio pie para viajar por Europa y contactar con futuros mercados en los que colocar el género. Pasó el tiempo y Kurt conoció a una joven alguaceña, Pepita Alfonso Ruiz, con la que acabaría casándose. Aquella muchacha era hermana de Joaquín y Juan Alfonso, prestigioso cirujano y cofundador del hospital Virgen de la Vega, el primero, y administrador durante años de ese centro médico el segundo, ambos ya fallecidos. Fruto de aquel enlace nacerían cuatro hijos, tres mujeres y un varón: Margarita, Cristina, Victoria y Kurt. En 2016 falleció la primogénita, un duro revés del que ni Kurt ni Pepita, que sobrevive a su esposo, se repondrán en los años sucesivos, a tenor del dolor que emana por lo antinatural que siempre comporta que unos padres sobrevivan a una hija.

Patricio Fernández Molina, uno de los amigos y compañeros alguaceños de Kurt desde que llegara a España mediada la década de los cincuenta, asegura que si tuviera que definirlo con una sola frase, no lo dudaría. «Kurt fue siempre un hombre de palabra», aunque se moviera en un mundo tan convulso y difícil como era ya por entonces el de la exportación conservera. Siempre conservó un elevado concepto del valor de la amistad, cualidad de la que mi familia puede dar fe en los mejores y los peores momentos de nuestras vidas.

Trabajador infatigable, se estableció profesionalmente durante muchos años, ya por su cuenta, en el negocio de la fruta fresca y la verdura y se mantuvo al pie del cañón hasta hace relativamente poco, haciendo suyo ese proverbio helvético de que la edad no importa, a menos que seas un queso, revelándose como uno de esos hombres que parecen inmortales y que cumplen años con la misma facilidad con la que otros escalan montañas de ocho mil metros. Murió el pasado día 20 de este mes, en Murcia, a la edad de 92 años y, escribiendo estas palabras de reconocimiento, reparo en que mi padre y él se alegrarán de leer tan sentidos párrafos, en fraternal compañía, allá donde ambos se encuentren.


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Un hombre de palabra

Fecha publicación: 24/7/2020

Lugar: p> En el verano de 1954

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