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Adiós, Juanico

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Te has ido ya. Mira que empezaste a irte hace tiempo. Cuando te recluiste en tu pueblo, desoyendo voces que te abrían un impresionante futuro. Escogiste el camino que deseaste: Lorca. Para ello tenías dos estímulos irrebatibles. Uno, Rafi; otro, el archivo municipal. Con ella te casaste y formaste tu familia; con él hiciste una formidable labor de captación de documentos, que pusiste a disposición de todos. Tus grandes dotes para la literatura, para la práctica teatral, para la didáctica, para la vida, las dejaste a un lado: si acaso, para la nostalgia y para tus amigos. Tus grandes amigos que te visitábamos, para hacer una comida de trabajo, como te gustaba decir, y contarnos los avatares de nuestras vidas.

Conocí a Juan en el Instituto Alfonso X, a donde fue para preparar el Preu, después de haber hecho el bachiller en los Maristas. Su padre, don José, del que su hijo era vivo retrato, prefería atarlo corto. Se adoraban. Decía al final de un precioso poema de su juventud: «una vara de fresno tiene mi padre». Juan me sorprendía por su sabiduría. No solo leía más que nadie; tenía además un sorprendente conocimiento de lo popular.

Su vis cómica en la escena era incomparable. Con él, y con José Manuel Garrido, empezamos en el teatro, de la mano de don José Molina, al que tanto debemos. Recorrimos luego toda España con los entremeses del Siglo de Oro, grabándolos para 'Teatro de Siempre' de Televisión Española; estrenamos en Estambul, en un Festival Internacional de la Cultura, la única comedia que escribió Juan: 'Farsa de la molinera y el corregidor', que también llevamos a Marruecos, y representamos en todas las plazas de Murcia con el T.U. Estuvimos en la Universidad de Burdeos, con el sociólogo Robert Escarpit y la colonia de exiliados españoles... Mis recuerdos junto a Juan van más allá de una profunda amistad. Él, con su inseparable cartera en donde llevaba sus papeles y su paquete de tabaco rubio, me acompañó todo el día anterior a mi boda. Hasta fuimos juntos a Cartagena para incorporarnos a la Marina y hacer la mili en el último reemplazo. Él pasó el período de instrucción en el hospital. Como llevaba gafas de muchas dioptrías, le dijo al capitán médico: «¿Usted ve ese cenicero?, pues yo no». Su gracia la derrochaba hasta en los peores momentos.

Genio y «adinerado»

Últimamente lo veía poco. Cuando iba a Lorca con mis cosas del teatro. Aprovechábamos para ponernos al día. Lo llamaba siempre por San Juan. Hasta que, desde hace dos o tres años, no me cogía el teléfono. Supuse que no se encontraba en su mejor momento. Por eso se ha ido sin ruido alguno, como vivió. Un modesto que escondía un verdadero sabio. ¡Cuántas tesis doctorales se habrán hecho gracias a él! Su generosidad era tan derrochadora como su cartera. Cuando éramos jóvenes siempre se empeñaba en pagar. Don Francisco Morote lo había llamado «adinerado» por sus elegantes camisas. Un genio.

Un genio que empezó a irse de este mundo cuando eligió su pueblo como medio de vida. Y que ahora se ha empeñado en dejarnos para siempre. No sabes cómo me dueles, Juanico.


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Fecha publicación: 15/8/2020

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